Nunca olvidaré la anécdota de una de las mejores amigas de mi madre, que compró un ordenador para escribir relatos y mandarlos a concursos. Le encantaba escribir desde hacía años, y, después de haber llenado un cuaderno tras otro se dio cuenta de que, pasando sus historias al ordenador, sería posible enviar alguna de ellas a un certamen. La verdad, no me acuerdo muy bien de la calidad de sus escritos, pero sé que después de lo ocurrido pasó varios meses sin teclear una sola letra.






